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Lo que está pasando en España de meses a esta parte ya nos deja poco margen para la sorpresa. Después del rosario de acciones poco ejemplarizantes, y de corruptelas en algunos casos, que han venido machacando de una forma implacable la marca España, parecía que era imposible seguir elevando el listón de nuestra capacidad de asombro. Sin embargo, sí que era posible.

Casi nos habíamos acostumbrado a vivir con frustrante rutina en un país cuya ciudadanía perdió años atrás la confianza en sus instituciones. Desde la Casa Real a los partidos políticos, pasando por la banca, los empresarios, los sindicatos y los gobiernos, el deterioro no ha dejado de crecer de tiempo a esta parte.

Un país con una difícil situación económica y social, una tasa de paro inadmisible y una alarmante pérdida de bienestar y calidad de vida asiste perplejo a un lamentable e inagotable espectáculo de corrupción y expolio. En plena onda expansiva del efecto producido por los llamados ‘papeles de Panamá’ cae un nuevo latigazo a nuestros mecanismos democráticos con el apresamiento de los responsables del sindicato Manos Limpias y de la Asociación de Usuarios de Servicios Bancarios (Ausbanc).

Las reglas de juego de una democracia contemplan, entre otras, una serie de controles y contrapoderes tanto desde el ámbito institucional como desde la propia sociedad. La participación de la sociedad organizada en defensa de los derechos de los ciudadanos debería servir como mecanismo de garantía y transparencia en todos los asuntos que les puedan afectar.

Manos Limpias en España es un remedo del grupo italiano fundado por Antonio di Pietro que nació con el lema “allí donde exista un delito debe de haber alguien capaz de denunciarlo”. La detención y cargos que se le imputan a su máximo responsable, Miguel Bernad, parecen indicar que se han contaminado del ambiente general y el lema lo han reducido a “donde haya un delito es una oportunidad par el chantaje  y el enriquecimiento ilícito”. No puede haber mayor deterioro democrático ni menos ejemplaridad.

Lo mismo cabría decir de Ausbanc. Nació con el loable objetivo de defender los derechos e intereses legales de los usuarios de los servicios bancarios y a todos los consumidores y usuarios en cualquier ámbito. La detención de su presidente Luis Pineda y los graves delitos que se le imputan reflejan que el lodazal ha podido también con los principios con los que comenzaron. 

La ejemplaridad, siempre exigible, se echa aún más en falta si cabe en ambos casos. Este país tiene un problema y a la vista está que los mecanismos para combatir la corrupción son manifiestamente insuficientes y por lo tanto mejorables.

La desconfianza de los ciudadanos ante las instituciones y actores sociales va a más. España es ya tierra sembrada al desánimo del que beben los populismos.