Política minúscula


Los principales partidos de ámbito estatal lleva mucho tiempo en el politiqueo, olvidando en buena medida hacer política con mayúsculas. Han escogido simplificar y coger el atajo de tratar los grandes temas de estado de forma superficial, entregándose a la intriga y a la bajeza por encima de la responsabilidad y el compromiso que se supone deben tener los representantes públicos.

Afortunadamente, de la crisis sanitaria provocada por el coronavirus estamos saliendo de la mano de Europa. Poco a poco, el proceso de vacunación y la disminución de contagios y muertes irá enterrando las sombras de la gestión con la que cada país y cada territorio afrontó el período más critico de esta crisis global. En este orden de cosas, Europa se ha puesto igualmente al frente del proceso de recuperación económica para evitar que nadie quede atrás y ayudar así a esquivar una fractura social como la que sufrió en la crisis que estalló 2008.

Esta vez sí, Europa está facilitando los recursos de forma que cada país los administre y gestione eficientemente, para que en el proceso de recuperación económica y social también todos salgamos de la mano. En este punto y sobre esta prioridad debe concentrarse la acción política para que los recursos que facilita la Unión Europea puedan aplicarse de forma inmediata en el reto de salvar empresas y puestos de trabajo.

La política debe favorecer una distribución equitativa de los recursos y garantizar la cohesión territorial del Estado; por contra, el politiqueo solo contribuye a que los criterios de asignación de recursos obedezcan a intereses puramente partidarios. Triste e irresponsablemente, el politiqueo se limita a priorizar acciones para desgastar al otro, desplazando o desatendiendo el interés general.

España necesita con urgencia política de altura para pactar una reforma de la Administración Pública que la ponga al servicio de los ciudadanos; sin embargo, está ocurriendo lo contrario. El conjunto de las Administraciones Públicas tendrá serios problemas para tramitar los expedientes de las distintas líneas de apoyo económico impulsadas por Europa y sus Estados miembros, dificultades provocadas por los escasos medios de los que disponen, por la actitud de parte de los funcionarios y por la cultura que hace tiempo condiciona el día a día de lo público.

España necesita una Administración al servicio de las necesidades de los ciudadanos, no a los ciudadanos al servicio de la Administración. El ya clásico politiqueo que atasca la vida pública sigue centrado en los indultos a los independentistas catalanes, en los gestos de los políticos catalanes ante el Rey, en los comentarios de Isabel Ayuso sobre el papel del monarca o en el número de convocados que se concentraron en la plaza de Colón.

Los dos grandes partidos de Estado llevan demasiado tiempo sin priorizar la política que permtiría afrontar los grandes retos de país que tienen sobre la mesa. Desde marzo del 2004 –cuando el atentado islamista en Madrid– la fractura es total. Desde entonces no hay ni un sólo acuerdo de Estado entre ambas fuerzas.

Cataluña centra ahora la batalla. Sánchez está volcándose para mantener los apoyos parlamentarios que le permitan alargar la legislatura. Casado sacrifica su exigua representación en Cataluña para levantar al resto de España contra Sánchez. El interés de los partidos pesa más que el interés general o el sentido de Estado. Parece que tanto el PSOE como el PP carezcan de un modelo de Estado. Tanto uno como marchan al ritmo que les marcan el PNV o los partidos catalanes cuando necesitan de sus apoyos. El modelo de Sánchez sería otro si Rivera le hubiera apoyado en su momento, pero el error de Rivera lo cambio todo y ha acabado condicionando la política de entonces a esta parte..