Las espinas del abrazo

En apenas veinticuatro horas Pedro Sánchez e Pablo Iglesias consiguieron lo que no habían logrado en unos larguísimos seis meses. Todos los obstáculos que les impidieron entenderse entre abril y octubre desaparecieron de un plumazo. Antes no era posible un gobierno de coalición entre PSOE y Unidas podemos; ahora, con diez diputados menos, sí. Antes Iglesias no podía formar parte del gobierno de coalición; ahora sí. Antes la presencia de Unidas Podemos en el Gobierno de España impedía conciliar el sueño a Pedro Sánchez; ahora -al menos de momento- le permite dormir y quitarse un peso de encima. Antes los recelos y la desconfianza separaban a Sánchez de Iglesias; ahora les une un emotivo y cariñoso Gran Abrazo.

A la vista está, el resultado que dejó el 10-N ha sido un auténtico catalizador para que el escenario político se mueva. Pedro Sánchez necesitaba un golpe de efecto inmediato, un golpe de mano que acallara los análisis de la gestión de los resultados electorales de abril, una gestión política -partidaria- que culminó finalmente, siete meses después, con el fracasado intento de mejorarlos el pasado domingo. Por otra parte, los resultados de 10-N tampoco le dejaron muchas opciones: o acuerdo con Unidas Podemos -abriendo la puerta a la suma con otros grupos minoritarios para alcanzar una mayoría de gobierno- o alargar unas negociaciones imposibles con el PP que probablemente terminaría abocándonos a una nueva repetición de elecciones.

El PP no ha estado -ni iba a estar- en la disposición o voluntad de facilitar un Gobierno presidido por Pedro Sánchez. Lamentablemente, en la política española el interés partidario va por delante del interés general. El fracasado intento de Sánchez de mejorar los resultados que cosechó en abril -con la vuelta a las urnas el pasado domingo- da aire a Pablo Casado y los suyos. El PP empieza a verse como una alternativa viable. En esta dirección, si bien es cierto que a Pablo Casado con la caída de Ciudadanos se le despeja el espacio de centro-derecha -de momento- no es menos cierto que la impresionante irrupción de Vox limita su capacidad para entenderse mínimamente con el PSOE. Cualquier concesión de Casado a Sánchez sería oro puro en el caladero del voto conservador para los de Santiago Abascal. Por lo tanto, no hay alternativa real al fulminante acuerdo alcanzado por Sánchez con Iglesias  para sentar las bases de un gobierno de coalición. La única sería ir a nuevas elecciones.

Partidos políticos, empresarios, sindicatos y medios de comunicación coinciden en la necesidad imperiosa de tener ya un Gobierno, y esa demanda parece pesar tanto que se incide en la necesidad de evitar otra convocatoria electoral aunque el precio sea un Gobierno que no contente a muchos. La gestión del Gobierno conformado por PSOE y Unidas Podemos no va a ser sencilla; primero, porque no hay cultura de gobiernos de coalición en el ámbito del Estado y, segundo, porque existen profundas discrepancias entre ambos partidos en asuntos relevantes como el grave problema territorial generado en Cataluña -con posible ondea expansiva a otros territorios-.

La coalición de gobierno de socialistas y podemistas va a ser sometida, además, a una enorme presión por la extrema izquierda independentista, por un lado, y por la triunfante extrema derecha, por el otro. Si es que llega a echar a andar, no será un gobierno fácil.

La rapidez con la que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias cerraron el acuerdo para gobernar en coalición sorprendió a todo el mundo: políticos, empresarios y sindicatos, incluso a sus propios compañeros de partido. Si el objetivo era evitar el debate interno sobre el retroceso que ambos habían tenido en las elecciones hay que reconocer que Sánchez e Iglesias lo han logrado. Puertas adentro el abrazo ha logrado el objetivo perseguido. Queda saber si sofocado ese incendio serán capaces de sumar lo suficiente con otras fuerzas para desbloquear la situación. No lo tienen sencillo. El camino que lleva de los 155 a los 176 escaños que permiten la gobernabilidad está lleno de curvas y espinas.