Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , ,

Rajoy, el 26J

El resultado de las elecciones nos ha devuelto, prácticamente con idénticos mimbres, al día después del pasado 20 de diciembre. En aquella ocasión, la irrupción de los denominados partidos emergentes y la falta de disposición para alcanzar acuerdos que permitieran la conformación de un gobierno estable nos llevó a una segunda cita con las urnas. Meses después, la voluntad expresada el domingo por los electores nos deja una composición parlamentaria en la que el acuerdo, la concertación y el pacto entre diferentes formaciones es otra vez necesario para configurar una mayoría estable de Gobierno. 

Sin embargo, aun siendo los mimbres muy parecidos, el escenario es diferente. Cuando en diciembre se iniciaron los contactos entre los partidos, la impresión inmediata fue que estábamos condenados a unas nuevas elecciones. Nunca antes había ocurrido en nuestra democracia. Se atenuó la preocupación generada por la falta de entendimiento en la idea de que la aparición de Ciudadanos y Podemos ayudaría a desengrasar el desencuentro de los partidos mayoritarios, PP y PSOE, pero no fue así. La presencia de los emergentes no sirvió para desbloquear el proceso. Ahora es diferente. la impresión generalizada política, social, económica e informativa es que tiene que haber Gobierno.

En la gestión del 20-D la estrategia de partido se antepuso a otras importantes consideraciones en el orden social y económico. Se entendió la actitud pasiva de PP y hasta la atrevida de Podemos; también el arrojo de Pedro Sánchez y la voluntad de Rivera. Paradójicamente,  el pasado domingo los ciudadanos castigaron más a quienes pusieron voluntad y empeño en alcanzar acuerdos de gobierno: PSOE y Ciudadanos.

La percepción es ahora diferente, pero la dificultad es muy parecida. El convencimiento de que esta vez el acuerdo de gobierno sí llegará se sustenta más en un deseo que en la realidad que nos depara el número de escaños y las posiciones programáticas e ideológicas de cada uno.  Tendremos un Gobierno que no podrá llevar a cabo su programa y menos aún abordar las grandes reformas estructurales en lo económico, social y territorial que el Estado necesita. Tendremos un Gobierno con fecha de caducidad. No hay alternativas. Tendremos un gobierno de continuidad, un gobierno conservador, un gobierno presidido por Mariano Rajoy.

La voluntad de autoexcluirse de cualquier tipo de acuerdo del que formen parte los partidos nacionalistas, anunciada por Ciudadanos, aborta la posibilidad de sumar una mayoría que permitiría gobernar con cierta tranquilidad. Descartada de antemano esa gran coalición, todos los caminos nos conducen a que Rajoy tendrá que esperar para ser investido presidente y a que, otra vez, todas las miradas estarán dirigidas a Ferraz.

Sobre el PSOE caerá toda la presión para que se abstenga y facilite la investidura de Rajoy. Ganará el PP, que a pesar de los escándalos por corrupción y del amplio descontento social sigue al mando del Gobierno. Puede ganar el PSOE, que con su abstención reforzará ante los ciudadanos su papel de partido responsable, en el que se puede confiar, amén de tener el tiempo necesario para armarse internamente e intentar el asalto al poder en dos años. Perderán el Estado y los ciudadanos, que seguirán decepcionándose con el politiqueo partidario y la nula capacidad para anteponer el interés general.