Hay imágenes que valen más que cien discursos. Basta con ver la celebración del gol que le dio el título mundial a la Selección Española de fútbol para entenderlo. El que marca, corre hacia el banquillo; el suplente abraza al titular; el veterano felicita al más joven y el que apenas ha jugado lo vive como si hubiera disputado los 90 minutos. No parece un gesto preparado. Es, sencillamente, la expresión de un grupo. Y eso, en estos tiempos, tiene un valor enorme.
Vivimos en una sociedad donde el éxito suele medirse por el brillo de las individualidades. En el fútbol tampoco faltan ejemplos de egos desmedidos, de estrellas que parecen más importantes que el escudo que defienden. Sin embargo, esta selección ha decidido correr el camino contrario: primero, el equipo; después, el resto. Y quizá por eso juega como juega y transmite lo que transmite.
Lo admirable no son solo los resultados, sino la imagen. Una imagen de solidaridad, de complicidad, de respeto mutuo y de alegría compartida. Se ayudan, se protegen, se corrigen y se celebran. Da la sensación de que ninguno quiere ser el protagonista por encima del grupo.
Lo verdaderamente extraordinario es que esa armonía no nace de la uniformidad. Todo lo contrario. Durante el año compiten en equipos distintos, defienden colores enfrentados y protagonizan rivalidades que alimentan tertulias, debates y, demasiadas veces, enfrentamientos entre aficionados. Pero cuando llega la selección, todo eso desaparece.
Ocurre entonces algo que merece una reflexión más allá del fútbol. Catalanes, vascos, navarros, valencianos, extremeños, andaluces, gallegos, canarios, madrileños, riojanos… Jóvenes con acentos diferentes, historias distintas y sentimientos de pertenencia diversos se unen sin reservas para perseguir un mismo objetivo. Nadie pregunta de dónde viene el compañero antes de hacer un esfuerzo por él. Nadie mide el compromiso según el lugar de nacimiento. Lo único que importa es el compañero y la camiseta que ambos defienden.
Quizá sea esta una de las grandes lecciones del fútbol. Lo que tantas veces parece inalcanzable en la política se hace realidad sobre el césped. Donde el debate público encuentra división, el deporte demuestra que la diversidad no es un obstáculo, sino una fortaleza. La pluralidad deja de ser motivo de confrontación para convertirse en una ventaja competitiva cuando todos remamos en la misma dirección.
En el éxito cosechado hay un nombre propio: Luis de la Fuente, el entrenador. Más allá de los aspectos tácticos, ha conseguido crear un entorno en el que el grupo está por encima de las individualidades. Con el ejercicio inteligente de su liderazgo ha logrado poner en valor el sentido de pertenencia, la cultura de equipo, la confianza mutua, la importancia del diálogo y la ausencia de egos.
En definitiva, Luis de la Fuente ha ejercido un papel cohesionador y aglutinador que ha convertido a la selección en una auténtica piña: un grupo unido, solidario y comprometido, donde el sentimiento de familia se traduce en confianza, cooperación y fortaleza competitiva. Ese clima interno ha sido uno de los pilares sobre los que se han construido los éxitos de la selección de fútbol en los últimos tres años.