El coronavirus sigue aterrando al mundo. Es imposible no sentir una sensación de impotencia, indefensión y desprotección ante el alcance y daño que está produciendo el COVID-19. A pesar de ello, parece que empieza a haber una cierta resignación -no nos lo podemos permitir, pero está pasando- ante los fríos datos que cada día se publican sobre el avance de la pandemia en todo el mundo. No parece que el pico de fallecidos y contagiados quedé finalmente atrás. Crisis sanitaria que está desatando una crisis social sin precedentes. En los titulares empiezan a rivalizar los millones de infectados y miles de muertos que va dejando el coronavirus con el descalabro de la economía o con el goteo de las medidas que se van impulsando para intentar evitar el colapso económico. Si al desconcierto sanitario se une un caos económico y social estamos, ahora sí, ante una tormenta perfecta.
Hasta ahora -a falta de una vacuna- la mejor medicina para hacerle frente al COVID-19 es el confinamiento en casa para no ser un eslabón más que facilite la cadena de contagios. El confinamiento nos protege pero, al mismo tiempo, nos arrastra a la paralización de la actividad económica y nos condena a la pérdida de empresas, paro y retroceso en el bienestar. En definitiva, al descalabro económico y al caos social. El COVID-19 siembra de infectados y muertos el mundo y, de paso, destroza el sistema económico y nos coloca en una situación peor que la vivida en la gran crisis que comenzó a finales del año 2007 y se prolongó hasta finales del 2014.

La crisis global de finales del 2007 se desató de manera directa debido al colapso de la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos, que provocó la crisis de las hipotecas subprime; a partir de ahí, el enfriamiento y la paralización de la economía fue paulatino hasta tocar fondo en el año 2011. Ahora la crisis económica que se está desatando por los demoledores efectos del COVID-19 nos llevará al fondo del pozo en menos de cuatro semanas -apenas un mes después de la declaración de la alarma-.
Sin embargo, no es menos cierto que los resortes de los que dispone el sistema hoy para impulsar y reactivar la actividad económica -una vez se supere la pandemia- nos ayudarán a una recuperación en mucho menos tiempo que la que se necesito para recuperarse la situación vivida entre el 2007 y el 2015.
En un mundo tan vigilado sorprende mucho que ninguno de los poderosos centros de inteligencia con los que cuentan los grandes países del planeta detectaran la que se nos venía encima, tanto desde el punto de vista sanitario como desde el económico -Wuhan fue un aviso que no se midió suficientemente-. ¿Hubo negligencia, opacidad o falta de previsión por parte de la Organización Mundial de la Salud y/o de los gobiernos de los países más poderosos del mundo o fallaron los principales centros de inteligencia e información?
Ciertamente, con los conocimientos de la medicina actual no se hubiera evitado el virus y su propagación, pero habría permitido estar mejor preparados para combatirlo. Seguro que no hubiéramos tenido que vivir con la angustia que genera la falta de guantes, mascarillas o trajes de protección.  O los servicios de inteligencia e información de EEUU, Reino Unido, Rusia, Alemania, Francia, Italia  y el Centro Nacional de Inteligencia -por poner solo algunos ejemplos- no son “tan inteligentes” o alguien está ocultando información y, por lo tanto, engañando a la ciudadanía.