Los canarios vivimos en un lugar privilegiado. El enclave geográfico donde se sitúa el
Archipiélago resulta clave para que disfrutemos de uno de los mejores climas del
planeta, además de gozar de una inigualable biodiversidad, en todo lo que tiene que
ver con la fauna, la vegetación y el paisaje. Todo ello, junto a la limpieza del cielo y la
riqueza del mar que nos rodea, son factores que favorecen, además, el desarrollo
turístico.
Con el tiempo, Canarias ha visto transformar su condición de pueblo emigrante, en
busca de oportunidades, al de receptor de foráneos necesitados de alternativas. Ahí
radica el gran cambio de dinámica registrado en las Islas desde los años setenta.
La localización en el Atlántico Medio, en la ultraperiferia de Europa, sintiendo la
cercanía del continente africano y siendo trampolín hacia América, favorece el clima
primaveral predominante. Aliados los dones que nos dio la naturaleza con la llegada
de la aviación comercial, en las últimas cuatro décadas nos hemos convertido en uno
de los destinos más demandados del mundo.
Sin embargo, el turismo de masas se ha convertido en un problema para muchos. La
masificación y el agobio, el encarecimiento de la cesta de la compra, la presión sobre
los servicios públicos, la agresión al patrimonio natural, la erosión de la identidad y un
largo etcétera de elementos dan forma a la turismofobia.
Del otro lado, son también muchos quienes consideran el turismo como la base sobre
la que se asienta una economía generadora de empleo y oportunidades. Para ellos, se
trata de un sector que de manera incuestionable ha modificado radicalmente el
paradigma de la economía insular.
Nadie duda de la necesidad de disminuir la dependencia del turismo y apostar por la
diversificación. Ahora bien, el sector sigue siendo insustituible en las Islas y sobre el
mismo tenemos que ser capaces de innovar, diversificar y crecer. Una economía que
se desarrolla alrededor de la prestación de servicios depende, al mismo tiempo, de lo
que suceda en los mercados donde captamos a nuestros clientes. De ahí que,
lamentablemente, suframos una soberanía económica limitada.
La invasión de Rusia a Ucrania y la guerra desatada hace ya cuatro años ha
favorecido la llegada de más visitantes. Ciudadanos del norte, centro y este de Europa
han elegido Canarias como destino donde hallan, además de una climatología
privilegiada, una plataforma de paz y seguridad. De modo que, en esta ocasión, un
conflicto lejano nos esté favoreciendo. La gente huye de opciones para el descanso
que le generen incertidumbres.
No obstante, esa misma sensación, la incertidumbre, preocupa ahora por los efectos
que pueda tener en el Archipiélago la guerra de Estados Unidos e Israel con Irán. Por
el momento, los países amenazados por una u otra razón se extienden por todo el
Oriente Medio y las consecuencias humanas y económicas pueden derivar en una
auténtica catástrofe.
De prolongarse el conflicto, el encarecimiento de los transportes y los suministros
acabará por convertirse en una realidad. Es aquí donde la situación geográfica de las
Islas, que tantas bondades nos ofrece, termina por transformarse en una adversidad
para la economía y el bienestar de los canarios. Previsiblemente, la temporada
turística de invierno tendrá un cierre positivo, pero el verano estará sujeto a cómo
evolucione el conflicto. La lejanía y la dependencia absoluta del barco y del avión
agudizan nuestra vulnerabilidad.