Los comicios autonómicos celebrados en Extremadura, a finales del pasado año, y
Aragón, el pasado domingo, ambos con carácter adelantado, han abierto un nuevo
ciclo electoral en España. Después de un movido 2024, con elecciones en Cataluña,
Galicia y País Vasco, además de las europeas, 2025 fue un año de transición entre
ambos periodos de encuentros con las urnas.
A partir de ahora, la nueva cita está fijada para el 15 marzo, con el examen electoral
en Castilla y León, al que seguirá, antes del verano, el emplazamiento a los andaluces
para la celebración del suyo. En el aire, la posibilidad de que algún otro presidente
autonómico decida convocar a las urnas o que Sánchez se anime a finiquitar la
legislatura, quedando en el horizonte de mayo de 2027 las locales y autonómicas en el
conjunto del Estado.
La tendencia advertida en los distintos trabajos sociológicos, sondeos y encuestas
publicadas reitera un cambio político en todo el ámbito del Estado. El crecimiento
imparable de las huestes de Santiago Abascal, junto al mantenimiento de los
populares que lidera Alberto Núñez Feijóo, podría suponer la suma suficiente que les
garantizara más de 176 diputados, el guarismo que fija la mayoría absoluta.
El hecho político y sociológico más relevante de los últimos años es la paulatina
normalización democrática de los planteamientos y postulados de una fuerza política
como Vox. Este cambio de paradigma en la sociedad española acerca de la
ultraderecha tiene mucho que ver con el fenómeno que viene sucediendo en Europa,
donde cada vez se entiende con más normalidad, como un interlocutor más, a partidos
de dicho espectro que aceptan respetar las reglas dictadas por la democracia.
En paralelo, todas estas fuerzas políticas siguen ganando representación en
parlamentos y gobiernos, como consecuencia del creciente apoyo social que han ido
conquistando. Buena prueba de todo ello la tenemos en países como Italia, Hungría,
Polonia, Francia, República Checa, Finlandia o Alemania.
En España, ese crecimiento no solo tiene que ver con esa ola ultraconservadora
extendida por Europa y por el mundo. Seguro que los seguidores de Abascal también
están capitalizando el descontento social ante determinadas decisiones del Ejecutivo
de Sánchez, que bien no se entienden o no se comparten. Y mucho tiene que ver la
sumisión del Gobierno de España a los planteamientos de los partidos
independentistas, y en su caso rupturistas, de Cataluña y el País Vasco.
Asimismo, la ausencia de una política clara y transparente en materia migratoria resta
credibilidad al Gobierno de Sánchez y abona el terreno a los planteamientos
restrictivos que defienden los ultraconservadores. Además, la situación se acrecienta
por las dudas y falta de claridad que transmite el Partido Popular con respecto a los
asuntos mencionados, lo cual incrementa todavía más el caladero de seguidores de
Abascal.
A la vista de lo que sucede en Europa y de los resultados de Vox en Extremadura y
Aragón, no parece que el electorado se asuste a la hora de votar al partido de
Abascal. Parece un capítulo claramente superado. Si las reglas de la democracia han
facilitado el apoyo de partidos independentistas y de extrema izquierda al Gobierno de
Sánchez, por las mismas, desde el respeto a reglas idénticas, conservadores y
ultraconservadores también se ven legitimados para articular sus alianzas.
En nuestro ámbito más próximo, habrá que estar muy atentos a los efectos electorales
que puede tener en la política canaria el crecimiento sorprendente de un partido que,
entre otras cosas, reniega del Estado Autonómico.