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Dos noticias totalmente contrapuestas han acaparado la atención informativa la semana que termina. De una parte, la Feria Internacional de Turismo de Madrid (FITUR) nos ha dejado ilusión y optimismo en el camino hacia la recuperación económica y social; de otra, la preocupante e inquietante vulnerabilidad de las fronteras que delimitan el territorio español con Marruecos –como quedó patente en la organizada y programada invasión de Ceuta el pasado martes, provocada por la inacción de las autoridades marroquíes– ha marcado el pulso de estos últimos días.

La pandemia ha castigado duramente las economía de todo el mundo y nos ha hecho retroceder en cuotas de bienestar, especialmente en aquellos territorios excesivamente dependientes del exterior. Canarias es un ejemplo significativo del daño que puede causar a la economía las restricciones a la movilidad –en este caso por la pandemia, pero que pudieran producirse por cualquier otra causa sobrevenida–.

A pesar de los ERTES y de otras ayudas públicas impulsadas por las administraciones, el deterioro del empleo y del frágil tejido productivo de las Islas ha caído de forma alarmante. Desde que el coronavirus empezó a cobrarse miles de muertos a diario y el número de contagiados no dejaba de crecer en todo el mundo, la única esperanza que nos quedaba la depositamos en la ciencia, en los científicos y en el conocimiento para encontrar el antídoto capaz de frenar al virus. Por una vez, todo el conocimiento del planeta trabajó alineado y con el apoyo económico necesario para frenar la expansión de un virus que destrozaba nuestras vidas y nos dejaba sumidos en el caos y la miseria.

El tiempo empleado para descubrir las vacunas ha sido un éxito, al igual que lo está siendo la fabricación y distribución de las mismas para hacer posible que en verano podamos estar protegidos y, logrado ese objetivo, la vuelta a la normalidad perdida sea una realidad. Asociada a la protección sanitaria, la recuperación de la movilidad y la necesidad de disfrutar del ocio traerá a Canarias a los millones de visitantes que han sido y serán el pilar de nuestra economía.

De FITUR ha llegado el aire fresco que esperábamos, confirmado con el anuncio de que la llegada de visitantes para el verano –y, muy especialmente, para nuestra temporada alta que comienza en octubre– representa  algo más que una esperanza. Controlada la pandemia y abiertos los mercados turísticos, tendremos que trabajar mucho y bien en las Islas para ofrecer calidad y ser muy competitivos en un sector con muchos competidores.

Sin embargo, las buenas noticias que nos llegaban en relación con la recuperación del sector turístico han quedado eclipsadas con las indescriptibles imágenes  que nos llegaban de la frontera entre Ceuta y el norte de Marruecos. El Reino Alauí, socio preferente de los Estados Unidos y de la Unión Europea, ha protagonizado un episodio que ha sacudido a la opinión pública. 

Marruecos aporta su posición geoestratégica para ayudar a la seguridad en la zona, y Europa y Estados Unidos se implican con importantes acuerdos comerciales. Es, sin duda, una cooperación necesaria. También es nuestro vecino inmediato y nos unen lazos de amistad que debemos seguir cultivando. Ahora bien, eso no obsta para que debamos condenar enérgicamente lo sucedido en Ceuta esta semana. La utilización de mujeres y niños indefensos para amedrentar a España es incalificable y debe de tener la más severa condena de Unión Europea.

España haría bien en implicar a la Unión Europea en el firme compromiso de la defensa de sus fronteras. La posición geográfica de España y de Canarias lo exige y lo demanda. Como dice el refrán, más vale prevenir que curar.