Desde que arrancó el año que estas semanas da sus últimos pasos el mundo ha luchado desesperadamente contra una pandemia que está dejando una cifra escalofriante de contagiados y muertos, junto a secuelas tremendamente dolorosas en las economías y el bienestar de las personas, de las familias. Millones de trabajadores ven como sus empresas desaparecen o merman significativamente su producción, destrozándose proyectos empresariales y profesionales. Ninguna de las recetas impulsadas por los principales gobiernos de los países más desarrollados ha tenido una eficacia incontestable en la lucha contra el virus.

La virulencia del virus frenó en seco el debate inicialmente planteado entre los partidarios de priorizar la economía y los defensores de que la salud de los ciudadanos exige el sometimiento de cualquier otro tipo de actividad. El tiempo, la evolución de la pandemia y el hundimiento de la economía han cerrado el debate inicial con una concluyente sentencia: la salud de la población y la economía deben de ir de la mano.

A quienes inicialmente defendían sólo medidas para preservar la salud, el lastre dejado por los calamitosos indicadores económicos les obliga ahora a defender la conciliación de la situación sanitaria con una actividad económica que ayude a evitar o amortiguar al menos una fractura social de consecuencias impredecibles, pero solo con recursos públicos resulta imposible sostener en el tiempo un improductivo tejido empresarial y social. En este bloque podríamos situar a España, donde hemos pasado de un confinamiento total— incluida la actividad económica no esencial— a la titubeante posición que ahora se tiene para mantener activo el tejido productivo y frenar los contagios, las muertes y el colapso de nuestros hospitales.

Tampoco acertaron aquellos que, despreciando al virus mortal, priorizaron mantener a plenitud la actividad económica por encima de la protección de la salud de sus ciudadanos. Las estadísticas de contagiados y muertos ha hecho que también ellos se centren en la búsqueda de medidas que concilien la protección de la salud con el ejercicio de la actividad económica. Reino Unido, Holanda, Suecia o Bélgica son algunos ejemplos de las naciones han tenido que corregir el rumbo obligados por los datos inaudibles de contagiados y muertos.

No ha existido, por lo tanto, una metodología infalible para hacer frente a una catástrofe sanitaria y económica como la que nos está dejando la pandemia. No obstante, los gobernantes deben aprender de los errores cometidos e impulsar las medidas que sea necesarias para compaginar el binomio salud-economía de una forma sensata y razonable, sacrificando los objetivos o demandas sectoriales si así fuere preciso en defensa del interés general —siempre será más fácil proteger con recursos públicos a un sector a que se produzca un hundimiento del conjunto de la economía—.

En Canarias hemos sido demasiado laxos a la hora de haber tomado medidas más estrictas que frenaran los contagios. Quizá hemos sido poco ambiciosos a la hora de asumir restricciones para que el Archipiélago fuera una referencia mundial. Ha habido un exceso de conformismo a la hora de fijar los objetivos.

Nuestras Islas tienen unas condiciones envidiables para que las medidas de control pudieran ser más eficaces que en territorio continental. Durante mucho tiempo los focos de propagación de los contagios estuvieron identificados y no coincidían, precisamente, con sectores vitales de nuestra economía. El resultado es que hemos perdido una magnífica oportunidad para sumar a nuestro extraordinario clima el reclamo de un territorio saludable y ejemplar en la lucha contra la pandemia.

En Canarias debemos ser mucho más exigentes porque nos estamos jugando decenas de miles de puestos de trabajo y la viabilidad de una buena parte de nuestro tejido productivo —son las esclavitudes de una economía muy dependiente del exterior—. Las vacunas han abierto un tiempo de esperanza, pero hasta que se consiga inmunizar a la mayoría de la población las autoridades y los ciudadanos debemos remar juntos con responsabilidad y disciplina, porque de lo contrario la onda expansiva de esta crisis será aún más larga de lo que los analistas anuncian.