Etiquetas

, , , , , , ,

 

La pasada semana hice referencia al renovado escenario que preside la política española -a raíz de los resultados que se obtuvieron en las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015- y al papel jugado por los partidos políticos y sus respectivos líderes desde entonces. El lastre social y económico que dejó la gran crisis que azotó al país -ya en toda su intensidad a partir de 2008- arrastró también al sistema político español vigente desde 1978. El tradicional bipartidismo saltó por los aires y pareció que llegaba aire fresco a la democracia imperante en estas últimas cuatro décadas. Sin embargo, los partidos políticos, y muy especialmente sus líderes con su escasa capacidad para buscar puntos de encuentro que permitieran alcanzar acuerdos estables de gobierno, han logrado, en apenas cuatro años, que aquella esperanza se haya transformado en decepción y en un mayor desafecto a la política y a los políticos.

Un breve recorrido por los hitos más importantes que han dejado los escasos cuarenta y dos meses transcurridos desde las elecciones de diciembre del 2015 nos permite entender mejor la frustración reinante entre los ciudadanos en esta aún incierta etapa política. En diciembre del 2015 el sistema político reinante se vio rejuvenecido con la llegada -con fuerza- de dos partidos jóvenes, Podemos y Ciudadanos, llamados a ser dinamizadores de las obsoletas estructuras de los partidos convencionales. La irrupción de estos dos partidos emergentes abrió un mapa político inédito, una nueva realidad que obligaba a entenderse a los dos grandes partidos que han protagonizado la política española -PP y PSOE- o, en su caso, a buscar acuerdos entre al menos tres fuerzas políticas. No fue así. En enero del 2016 el diálogo fracasó y por primera vez en las cuatro décadas de democracia el candidato propuesto por el Rey para ser investido -Mariano Rajoy- rechazó el ofrecimiento por carecer de los apoyos necesarios. Más tarde, Pedro Sánchez, con apenas 90 diputados, aceptó el ofrecimiento del Rey y terminó cosechando el primer gran fracaso de nuestra democracia al no obtener la confianza de una mayoría del Congreso de los Diputados.

La negativa de Rajoy y el fracasado intento de Sánchez desembocó en la convocatoria de  nuevas elecciones el 26 de junio del 2016, que mejoraron los resultados obtenidos por Mariano Rajoy en la convocatoria anterior -134 diputados- pero obligaban igualmente al diálogo y al entendimiento para conformar una mayoría de gobierno. La lucha encarnizada abierta por Ciudadanos para ocupar el espacio sociológico del PP le alejaban de cualquier posibilidad de entendimiento con los populares e hicieron recaer toda la responsabilidad en el PSOE para evitar una nueva repetición de elecciones. La presión política, mediática y de los sectores económicos más influyentes arrastraron a los socialistas hacia una abstención que facilitara la investidura de Rajoy. Por el camino se quedó Pedro Sánchez.

Sánchez recuperó la Secretaria General de su partido en mayo del 2017, después de una dura batalla interna en la que se impuso a Susana Diaz  y a Patxi López, y apenas un año después, aprovechando la sentencia del Caso Gürtel, accede a la presidencia del Gobierno de España tras la moción de censura a Rajoy. En el intento de normalizar el escenario político, Pedro Sánchez convocó de nuevo a los ciudadanos a las urnas el pasado 28 de abril. Ell resultado es bien conocido: sin acuerdo y nueva investidura fallida.

El 23 de septiembre es la fecha límite para investir a Sánchez o para ir otra vez a las urnas. Lo peor está aún por venir, porque ni una cosa ni la otra garantizan que España pueda tener pronto un Gobierno estable y duradero. Lo peor de la política está marcando la agenda del país, y mientras tanto los problemas cotidianos de la gente y las reformas estructurales necesarias para mejorar la competitividad esperan respuestas.